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23 mayo, 2012

["Encontrar algo fuera de mí"]. Por Víctor Quezada

“Chueca” y “Partir y renunciar” son dos obras de la dramaturga chilena nacida en Washington DC (1977), Amelia Bande, las que ahora son publicadas por Sangría Editora (2012). La primera fue estrenada en 2006 en la XII Muestra de Dramaturgia Nacional, en el Teatro Nacional, con una segunda temporada en la Sala SIDARTE; “Partir y renunciar” se estrenó en el Teatro del Puente en 2010, ambas obras fueron dirigidas por Javier Riveros.
En el presente texto, Víctor Quezada nos entrega una lectura de “Partir y renunciar”.

"Encontrar algo fuera de mí"

“Partir y renunciar” es, ante todo, la proposición de nuevas formas de habitar la realidad. Y, en términos concretos, la historia de cuatro amigos en medio de los vaivenes en que la vida en sociedad los sitúa, desestabilizándolos:
Tender y Travis llevan una relación lésbica que es interrumpida por el viaje sin destino que esta última emprende por el mundo. Brian y Karsten son dos amigos que en el transcurso de la obra van descubriendo su amor por el otro.
El desenlace de la historia es propiciado por una debacle mundial, un ataque terrorista masivo que va hundiendo en el mar a todo Occidente y amenaza por acabar con el mundo entero. Es entonces –en un espacio apocalíptico con referencias a la ciencia ficción, especialmente a SIVAINVI de Philip K. Dick- donde los cuatro amigos logran encontrarse.

En la obra, la introspección característica de los personajes es el principal antagonista, el objeto que impide el encuentro consigo mismos. Esta condición nos habla de una situación general del mundo representado.
En el contexto del capitalismo mundial integrado (referido a través de la “Compañía única”, empresa telefónica en la que Brian trabaja en un cubículo de atención al cliente) los personajes emprenden un viaje a través de la dificultad para reconocerse en el prójimo y la despersonalización de las relaciones sociales.
Esta dificultad para construir relaciones “verdaderas”, más que cuestionar la posibilidad del reconocimiento entre las personas –pues dicho reconocimiento es una de las garantías del desarrollo argumentativo de la obra-, es dada por el profundo deseo de querer ser otro: para uno mismo, para quien se ama y lo que se ama. Cuestión que va estriando las relaciones interpersonales, y en particular las amorosas, como a través de un juego de espejos.
En este sentido, hay diferentes distancias representadas en “Partir y renunciar”.


Por un lado, no hay espacios abiertos, estos parecen inaccesibles a la presencia física de los personajes. Las pequeñas casas de Tender y Karsten, el cubículo del “call center” donde trabaja Brian, los fragmentos de habitaciones de hoteles (una cama y una ventana) en los que Travis piensa su viaje, son los lugares sobre los que se trabaja para describir el mundo.
Los espacios públicos se presentan en la obra a través de los diálogos que Travis emprende con algunos turistas, o por la televisión. El espacio público, es siempre un espacio mediado, y su mediación más terrible es la de la memoria: los espacios públicos –a saber, los espacios democráticos, tradicionalmente políticos- en “Partir y renunciar” se recuerdan o refieren lateralmente. Uno de los objetivos de Brian, por ejemplo, es participar en un concurso del “Fondo de Beneficio” con un proyecto que busca entender “cómo se puede vivir el espacio que uno vive de una forma más amena” (246).

Por otro lado, los personajes están sometidos a distancias simbólicas. El mismo Brian quiere ganar el “Fondo de Beneficio”, avergonzado por su actual trabajo, para “ser alguien” y así no parecer menos frente a Karsten. Tender, por su parte, se enamora constantemente para no pensar en sí misma: “Por eso me ando enamorando tanto, para pensar siempre en otra persona y nunca en mí” (244). Karsten quiere ser una mejor persona, más ordenada y prolija. Rodeado por los artefactos que inundan su casa (el computador, la televisión, el teléfono, la impresora, una carpa, un saco de dormir y una maleta, linternas, carpetas, luces navideñas, etc.), lucha con su miedo a perder algún objeto, con sus sentimientos de posesión, reemplazando el caos de su soledad por el deseo de un orden impecable. Travis, emprende un viaje, pero no encuentra nuevos espacios (las habitaciones de los hoteles, la comida, son siempre las mismas), no parte nunca del amor que Tender representa.
Es necesario ser otro para ser uno mismo. Pero ese proceso –que en términos generales es un proceso de ficcionalización- se entiende como una barrera para alcanzar el lugar de la verdad del individuo. Y sin esa verdad es imposible el amor.

Como ya he dicho, Travis emprende un viaje, pero no se va. Obligada por el recuerdo de Tender, le escribe cartas que no envía, o escribe una larga carta interminable de su vida. Tender, por su parte, también le escribe -agobiada por encontrar las palabras precisas con las que hablarle- una carta que no termina.
Ulises es un turista, un peregrino postmoderno. Pero, antes de ser el héroe civilizador que conocemos, Ulises es Penélope.
Tender y Travis actualizan la figura tradicional en la que descansa la concepción del amor como célula conyugal; pero la resignifican: a la distancia que le otorga legibilidad al amor, añaden la escritura como una forma de esperar a la otra y de encontrarse con sus vidas.

15 mayo, 2012

[Tétrica simetría de tetrix: Observatorio de Francisco Ide]. Por Daniel Rojas Pachas

"Observatorio" es el debut del joven poeta chileno nacido en Santiago en 1989, Francisco Ide Wolleter. Publicado por Ediciones Corriente Alterna en 2011, el poeta y crítico, cabeza, además, de Editorial Cinosargo, Daniel Rojas Pachas, nos ofrece ahora su lectura sobre este libro.

Tétrica simetría de tetrix: Observatorio de Francisco Ide

hombres-cosas, hombres penas, polvo lleno de polvo, formas llenas de formas, seres llenos de seres
Tribunales – Pablo De Rokha

Observatorio de Francisco Ide Wolleter se construye bajo una atmósfera de seres escindidos, o, más bien, bajo una belleza natural también presente en los sujetos, la que atestiguamos aplastada por el artificio del entorno.

“Una tautología de mirlos cubiertos de petróleo
despedazan a un canario silvestre, la noche
parece decirle al sol del verano: eres lindo, eres lindo
pero me aburro de tu cara” (2011:14)

Tras la lectura, queda la huella, retazos de momentos simples, instantes cargados de ternura y contemplación ateridos de modo violento a la máquina, al metro,  la urbe, y todo vehículo que cruza de boca a boca a los individuos tornándolos carne molida o una mancha azul en el pavimento, ese pavimento soporte del tráfico e intercambio comercial que conforma la ciudad.

Deleuze nos dice: “Los individuos se han convertido en "dividuos", y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes” (1991).

El poeta en esa medida, emerge como una especie de testigo fugaz, más bien el cuerpo que toca e interpreta “las facciones de las chiquillas”, y a aquellos transeúntes incautos, otorgando por medio de sus sentidos y sensibilidad, nuevos significados a las reificaciones diarias:

“La muerte es la silueta de un cadáver
marcada con tiza Azul en el cemento oscuro.
La silueta la marcan de la misma manera
en que tus dedos atentos – de ciego-
repasan las facciones de las chiquillas del café:
con un mano le repasas las facciones, con la otra les aprietas la muñeca,
ellas no saben que prácticamente estás haciéndoles el amor” (2011: 8-9)

Zerzan al respecto señala: “En un mundo comprendido de forma creciente por las más rígidas formas de extrañamiento, términos como reificación o alienación ya no se encuentran en la literatura que supuestamente se ocupa de ese mundo. Aquellos que declaran no tener ideologías son a menudo los más constreñidos y determinados por esa ideología dominante que son incapaces de ver, y es posible que el .mayor grado de alienación se alcance allí donde la conciencia no llega. El término reificación fue ampliamente usado en la definición que de él dio el marxista Georg Lukács, a saber: una forma de alienación resultado del fetichismo de la mercancía de las modernas relaciones de mercado. Las condiciones sociales y la situación del individuo se han convertido en una función misteriosa e impenetrable en lo que comúnmente denominamos capitalismo de consumo. Somos aplastados y cegados por la fuerza reificante de la etapa del capital que comenzó en el siglo XX” (1998).

Se desprende que la función del poeta es en un grado trazar paralelismos ante la historia oficial que se teje frente a nuestra mirada desprevenida.

El poeta en “observatorio” escapa a estas dinámicas de cosificación y desafía ciertas instituciones o cuerpos bajo la simple tarea de imaginar otros ángulos.

“andar con cuidado es transitar casi transparentes
el espacio entre un lector y su objeto de lectura,
andar con cuidado es insultar cuando se pueda
la inteligencia de la policía,
andar con cuidado es machacar las vitrinas
de los bares de la metrópolis lentamente, solemnemente,
e intentar resolver poemas tranquilos
como hongos nucleares en el desierto –entre brindis y besos
que suenan como hongos nucleares en el desierto-” (2011:27-28).

Al respecto, el narrador Barrientos Bradisic dice en una nota titulada, “Francisco Ide Incrustado de quiasmas”:

La primera sensación que tengo de este libro es de la poesía entendida casi como arquitectura, una suerte de labor de urbanismo alegórico, de ocupación de una ciudad que se construye a partir del ojo, el mismo ojo travieso vallejiano, pero que esta vez emerge incrustado de quiasmas y constelaciones diluidas en los laboratorios de la belleza.  “la ciudad nos permite pocos aciertos/ y no se camina precisamente en busca de alguno:/ andar con cuidado es transitar casi transparentes/ el espacio entre un lector y su objeto de lectura,/ andar con cuidado es insultar cuando se pueda/ la inteligencia de la policía/ andar con cuidado es machacar las vitrinas/ de los bares de la metrópolis, solemnemente” (2011).

Curioso, pues enfrentamos un testigo ausente, una voz que testimonia desde la abducción, la conjetura y, en general, desde el afuera, ya que se introyecta e imagina, por lo mismo no observa bajo las regularidades y lugares comunes de un oficialismo.

“recuerdo el quiasma:
frente al espejo permanezco invertido y diminuto
en una parcela del cerebro
si pudiese tragar esa imagen de mí
y mirar al exterior como posicionado en un observatorio
la luz sería un pedazo de cielo nocturno entre el follaje espeso
del árbol predilecto (un naranjo tupido,
una figura que cuelga de sus cabellos
en el ángulo idóneo” (2011:23)

En los versos de Ide se anida además la ruina, por eso la cita inicial a De Rokha, referida a un futurismo de devastación, hay en los versos del autor un aire “steampunk”, como el mundo no tan lejano de “Alita” Ángel de combate (1).

Se trata de cuerpos machacados y mutilados cayendo de un transfer o devorados por una gran oruga de acero que cruza las entrañas, redes subterráneas de una ciudad flotante y contaminada, materia devorada por grandes manchas de petróleo y la alusión/ilusión referida a explosiones nucleares mudas y solitarias que se detonan en las dunas del mundo.

El diálogo persiste en la tarea de edificar un mundo moderno y a la vez devastado en sus raíces, a medio camino entre la carne y la máquina, como las pinturas de Giger,  y así da cuenta de la degradación y  una decadencia latente y discursos enrarecidos, como saltar sin destino o apoyarse en suelos que se derrumban, negando todo retorno, sin embargo, queda siempre un margen diminuto e impensado, por eso vuelvo a la idea del poeta como testigo y a la poesía como memoria, como infratexto.
El poeta Thomas Harris nos recuerda: “El infratexto como memoria, como una forma de saber, como un re-conocimiento de nuestra humanidad, como un recuerdo remanente de la manada y como una invocación a la más primaria sabiduría: la del milenario elefante. La memoria se transforma así en la superación del desgarro, de la ira, de la culpa, de la vergüenza, del trauma, al fin: la resiliencia del animal que a fin de cuenta somos. Y con mucho humor y tanta ternura también” (Harris, 2009:238).
Los versos cumplen el rol de salida al abismo que está dado por esa frágil realidad al borde de la asfixia. El susurro que supone el encuentro desesperado con otros o ese otro que puede ser uno mismo y que elude esa “tétrica simetría de tetrix” (2011:26)
La consigna final de la escritura, y sobre todo la poesía parece desaparecer, desvanecerse o pasar desapercibida como un siniestro en zonas eriazas, o eriales en que nadie repara, pues no conlleva damnificados, destruir desde el silencio y la oscuridad, “con la paciencia de un ciego”.

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Nota
(1) Un futuro lejano indeterminado. Tiphares es una gigantesca ciudad flotante suspendida en el aire, al nivel de las nubes. Justo bajo ella se extiende El Patio de los Desperdicios, hogar de los parias y vagabundos, drogadictos y cyborgs, que se ha construido alrededor de la zona donde Tiphares expulsa su basura, que usa la tierra como un gigantesco vertedero para sus desechos y residuos. Ido es un doctor y mecánico de cyborgs que un día, paseando por el vertedero rebuscando piezas todavía aprovechables, se encuentra la cabeza de una cyborg intacta. La cabeza pertenece al cuerpo de un cyborg muy antiguo, de hace 200 o 300 años, pero el cerebro todavía está intacto, como si hubiera estado en hibernación, así que Ido la repara, descubriendo que está amnésica, así que decide darle el nombre de Gally.
Al principio Gally lleva una existencia normal junto a Ido, pero un día en una situación de peligro, se lanza para proteger a Ido e instintivamente utiliza el "Panzer Kunst", una poderosa técnica de combate desarrollada por cyborgs humanoides. A partir de este momento, Gally intentará descubrir su pasado y encontrar su lugar en el mundo, en una peripecia que le llevará a realizar diferentes trabajos (desde cazarrecompensas hasta jugadora de Motorball, un salvaje deporte de carreras), conocer a diversos personajes (e incluso enamorarse), y enfrascarse en todo tipo de brutales combates de los que no siempre saldrá muy bien parada.

Bibliografía
-Barrientos Bradasic, Oscar. (2011). FRANCISCO IDE INCRUSTADO DE QUIASMAS en Letras s5. Consultado en internet el 13/05/2012
-Deleuze, Gilles. (1991). “Posdata sobre las sociedades de control” en Christian Ferrer (Comp.). El lenguaje literario, Tº 2, Ed. Nordan: Montevideo.
-Harris, Thomas. (2009). “Elefante de Teresa Calderón: la memoria como saber y resiliencia”. Taller de Letras N° 44.
-Zerzan, John. (1998). “Things We Do”, apareció en la revista Anarchy (Columbia), nº 45.

03 abril, 2012

[Ciertamente escribo fumo y bebo: Sobre Umo de Leandro Hernández]. Por Daniel Rojas Pachas

Umo de Leandro Hernández Gómez es un libro de poesía aparecido el año 2010 por Das Kapital Ediciones. El cruce entre escritura, goce y enfermedad es examinado ahora por el escritor Daniel Rojas Pachas


Ciertamente escribo fumo y bebo: Sobre Umo de Leandro Hernández


“Por ese círculo rojo entro forzosamente cuando evoco esas altas noches de estudio en las que me amanecía con amigos la víspera de un examen. Por suerte no faltaba nunca una botella, aparecida no se sabía cómo, y que le daba al fumar su complemento y al estudio su contrapeso. Y esos paréntesis en los que, olvidándonos de códigos y legajos, dábamos libre curso a nuestros sueños de escritores”.
Sólo para Fumadores – Julio Ramón Ribeyro


Paul Auster relata en “La habitación cerrada” cómo Bajtin, quien condenado por Stalin a un exilio forzoso en un lugar donde no había estancos, se vio obligado a fumarse un ensayo sobre Goethe, en el que trabajo por diez años. Mecanografiado en papel cebolla, se confió de tener otro manuscrito guardado en la capital rusa, documento que desapareció patéticamente tras un bombardeo, no pudiendo agregarse dicho material a sus espectaculares estudios sobre Rebelais y Dostoeivski. Una obra que sin duda se esfumo en una dulce bocanada.

Un sacrificio que muchos no entenderían. Tiempo dilapidado, una obra que se evapora, dar la espalda al éxito, poner en juego la propia integridad física, dinero fuera, orgullo hipotecado, bancarse malos momentos, malos tratos, rostros amargos, sermones, son cosas que pasan a un segundo plano y que no se cuestionan cuando en la mente hay una fijación, satisfacer el hambre de un artículo de primera necesidad y todos tenemos nuestra propia fosa común, parafraseando al libro de Hernández. Esos nichos pueden estar construidos en torno al cenicero o quizá…

“ciertamente escribo fumo y bebo
trinidad de vicios que nada engendran
salvo cenizas resacas dolores”

Considero que el poema de Umo que mejor grafica esta escisión de los hombres en base a sus abanderamientos y obsesiones es performance, este da cuenta de un debate cunetero, cada cual con su cartel…  El barbón descreído y pedante, el borracho, el izquierdista de la vieja escuela y un globalifóbico que cita a Chomsky, pero todos al final, se resumen en  sombras que se mueven tras el humo del hablante que propone una posición tolstoioana de subsistencia al margen del sistema, al margen de Minsal Chile que te dice, el humo de tabaco los ahoga y enferma.

No se requiere de un tremendo ingenio para inferir que eres un proscrito si tu placer ensucia nuestro aire, y quizá valga la pena preguntarse, estrechando los vasos comunicantes de la literatura y el tabaco más allá de Bajtin, por ejemplo si añadimos lo que Andre Gide, que murió octogenario y fumando, dijo una vez: "Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar", por tanto, si tu arte ofende, si tu escritura ensucia y contamina mi sistema, mi aura de poder y lo que entiendo por verdad, pues tendremos que ponerle una advertencia o una marca que prevenga al incauto lector, una cita tipo Minsal que rece: “leer y pensar más allá de la cuenta los ahoga y enferma”.

En tal medida, el libro de Leandro Hernández no es tan solo una superficial apología del placer de fumar, sino que en realidad de lo que todo placer comprende y comunica, pues  Hernández dice en “fumar es un placer…”

“Intento señales
con la ceniza esparcida
sobre la mesa

soplo lo cifrado
de una sola vez
y todo se desarma

intento escribir
con lo que fumo”

y esta escritura del fumar y pensarse a uno mismo en el proceso se hace extensible a otras supuestas nimiedades que en general vamos dotando de ritualismos y significados más amplios que la mera necesidad de cumplir una rutina. En el poema “cuando llueve”, observamos  cómo la escritura de la vida se ramifica sobre los hombros de los objetos que nos rondan y la cartografía personal que dibujan.

“¡y me alejo así del escribir
sobre mí mismo
sobre el simulacro de mi vida
cuando en verdad plasmo la historia
de los objetos que me rondan
frustraciones disfrazadas
de extrañeza
nimiedades en maletas
llenas de ropa
desnudeces cubiertas por pinturas”

En “Umo”, fumar es un acto de vida o muerte o quizá solo de muerte como ciertas escrituras que nos hacen pensar en otra versión de la conocida formula Literatura = vicio + enfermedad = enfermedad.

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.” (Bolaño 2003:2).

Asimismo en su conocido cuento “Sólo para Fumadores”, Julio Ramón Ribeyro en un descarnado   autorretrato de sus compulsiones atestigua:

El fumar se había ido ya enhebrando con casi todas las ocupaciones de mi vida. Fumaba no solo cuando preparaba un examen sino cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez, cuando abordaba a una guapa, cuando me paseaba solo por el malecón, cuando tenía un problema, cuando lo resolvía. Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos, que iba sucesivamente encendiendo y apagando y que tenían cada cual su propia significación y su propio valor. Todos me eran preciosos, pero algunos de ellos se distinguían de los otros por su carácter sacramental, pues su presencia era indispensable para el perfeccionamiento de un acto

De manera que, tanto la parábola sobre el teórico ruso desesperado, el perfeccionamiento de los actos a la luz del vicio según Ribeyro o la referencia que Canetti hace de Kafka y su afiebrada noción de escritura capaz de consumirlo hasta la médula, permiten como dice Roberto Contreras en su lectura de “Umo”, establecer ciertos nodos subyacentes entre dos o muchos vicios que en realidad aparecen en el poemario de Leandro Hernández descritos como la justificación de los placeres que acompañan cada uno de nuestros movimientos en el tablero y, por lo mismo, van quedando dispersos e impregnados en aquellos lugares por los cuales transitamos y nos perdemos.

Allí reside el aliento del libro y quizá para algunos, esos “zen” que prefieren eludir el placer en actos obsesivos, amparados en la urgencia que representan ciertos objetos y fetiches, parezca ridículo e incluso, un verso como el que a continuación transcribo, egoísta:

“Los no fumadores pierden
Una de las experiencias
Más gratas de la vida
Para un hombre sensible:

La convicción de estar sucumbiendo
A un vicio que solo lo puede dañar a él”

Debe ser que ciertas pulsiones patológicas hacen simbiosis y mellan con más fuerza en ciertas sensibilidades. La música, el café, un trago de alcohol y los libros sumados a cierto caos en las bibliotecas o incluso en los archivos que uno guarda en su pc y que nadie más podría desentrañar, se dan cita en estos versos retratando personalidades y momentos a modo de fragmentos o señales que uno puede ignorar si lo desea, pero al contrario, si hasta cierto punto reflejan o desnudan algunos de tus malos hábitos, no puedes evitar esgrimir una mueca de complicidad.

Mientras escribo esto veo a mi alrededor y no hay casettes de “King Crimson”, pero sí algunos dvds, cds de “Mars Volta” quizá y la ropa no cuelga de una bicicleta pero sí de una silla y a su lado se apilan libros y otras obsesiones como figuras de colección y comics y vinilos y de pronto tienes miedo… porque lees en los textos de Hernández lo que unos malnacidos le hicieron a Bertoni y la música que nadie cacha y te preguntas, cabe la posibilidad de que se corra el dato y terminen mis cosas reducidas en un persa o en el agro.

Esa capacidad tiene el libro de Leandro Hernández, situarte… porque escribe con sinceridad, desde una posición que además comprende y sufre la vivencia del que no puede sustraerse de sus propios vicios, como el que escribe sin poder restarse de esa tensión que le genera una idea o lectura y el poder sentirla completa, únicamente si primero media una segunda lectura hecha a través del solitario acto de…

Ribeyro lo comprende mejor:

Ya para entonces el fumar se había infiltrado en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno —salvo el dormir— podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoníacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido: primero el cigarrillo y después la apertura del sobre y la lectura de la carta”.

23 marzo, 2012

[Bajarse de la micro por la ventana: Alameda tras las rejas de Rodrigo Olavarría]. Por Pablo Torche

Alameda tras las rejas es la primera novela y también el primer libro de Rodrigo Olavarría (Puerto Montt, 1979), conocido hasta ahora por su tarea como poeta y traductor de la obra de Allen Ginsberg, Sylvia Plath o Patti Smith. Pablo Torche, narrador chileno y fundador de Revista Intemperie, nos entrega una lectura de este libro aparecido a finales de 2010 por Calabaza del Diablo.


Bajarse de la micro por la ventana: Alameda tras las rejas de Rodrigo Olavarría


De las múltiples causas que pueden explicar la oleada de narradores jóvenes que ha surgido en Chile los últimos años, tal vez la más importante sea también la más aburrida: el crecimiento económico. Para bien o para mal, creo que es cierto que las becas de estudio y creación, los premios literarios, la posibilidad de subsistir –aunque sea apenas–, con trabajos “freelance” que dejan algo de tiempo libre, tiene su efecto en la emergencia de nuevos músicos, cineastas y, por supuesto, escritores. Lamentablemente, este desarrollo económico no ha sido acompañado de la transformación de los hábitos lectores de los chilenos, de manera que -por poner un punto de comparación- si ya sobrepasamos el ingreso “per capita” de Argentina hace un par de años, todavía estamos a años luz de acercarnos a las dimensiones de su mercado editorial, el que en Chile sigue siendo extremadamente magro.
Como sea, toda esta dilatada reflexión societal sirva de prolegómeno para introducir uno de los libros más recomendables surgido de la mano de los así llamados narradores “jóvenes” (perdón por el vocablo), en los últimos años. Se trata de “Alameda tras las rejas” publicado hace más de un año por Rodrigo Olavarría, quien hasta ahora se había mantenido al margen de la narrativa, entregado a los más riesgosos oficios de la poesía y la traducción. El volumen viene editado por Calabaza del Diablo, editorial que, aparte de cierta marcada propensión al descompaginamiento por parte de sus producciones, se destaca por un notable catálogo de título.
Organizada en forma de diario, la novela de Olavarría se estructura narrativamente sobre la base de las aventuras amorosas y seudo-eróticas del protagonista, sazonadas por profusas reflexiones en torno al alcohol (teóricas más que prácticas), amén de otras elucubraciones acerca de la literatura, el suicidio, el arte y la vida. El autor juega con un yo muy localizado, supuestamente biográfico o muy cercano a la realidad. No cabe duda de que una buena parte de los eventos o fragmentos relatados son, por así decir, veraces, tuvieron en algún momento carta de ciudadanía en el territorio de lo que llamamos real. Pero más que la veracidad, lo que realmente llama la atención de este libro es su extraordinaria “verosimilitud”, la enorme vividez [sic] con que transmite una atmósfera de emociones, relaciones y pensamientos completamente convincentes.
El ambiente “henrymilleriano” en el que se desenvuelve la novela, poblado de lechos fortuitos e inopia marginal, sirve de marco para una reflexión de signo diverso, quizás contrario, respecto del verdadero significado del amor, el sentido de la vida y el tipo de relaciones que permite (y no permite) una sociedad totalitarizada por la idolatría de la eficiencia y el éxito material (en esto último sí se emparenta con el mensaje profundo de Henry Miller. ¿Acaso en lo primero también? Es discutible).
El libro intercala algunos episodios en verso, pero las que resultan más propiamente poéticas y alucinantes son las amplias reflexiones en prosa acerca del vacío y la nada:  

“A diario repito que no me importan ni yambos ni placeres, aun así todos los días leo y escribo estos poemas que pongo frente a mí, no veo mayor contradicción en eso, incluso es común que salga y me pierda entre calles o camas deformadas por el uso donde busco algo para lo que todavía no hay nombre o que simplemente puede designarse como nada”.

El referente más explícito del tono del narrador -crecientemente apasionado y ansioso de escudriñar el significado oculto tras los sentimientos y relaciones pasajeras- es el Kerouac de “Los subterráneos”, pero me parece que el yo más profundo que se asoma y da sustento al relato es el del Quijote. El resultado es quizás el logro más valioso de “Alameda tras las rejas”, construir un convincente “loco-lúcido”, un idealista de causas perdidas, que contrapone su derrota y desvarío a un mundo manchado por la instrumentalización de los sentidos de vida, y de las relaciones humanas.
Al igual que el Quijote, su locura no le impide hacer filosofía de los grandes temas existenciales, la cual, a pesar de lo disparatado del contexto en que surge, parece mucho más acertada que la pléyade de lugares comunes que copan nuestro horizonte. El resultado es una curiosa inversión de los sentidos, donde las ideas o escenas más ridículas parecen cobrar de pronto un sentido íntimo, casi revelador, precisamente a causa de su quijotesco absurdo, como ocurre cuando el protagonista decide saltar por la ventana de una micro para sorprender a un amigo, intento que casi termina en un malhadado accidente.

"Alameda tras las rejas" ofrece una lectura  a la vez profunda e hilarante, donde la risa porta también debajo suyo una crítica profunda y llena de resonancias.